Trabajando con la culpa
Q’uo, 3 de enero de 1999, Meditación dominical
Pregunta del grupo: ¿Podrían darnos información sobre de dónde proviene la culpa y cómo trabajar con la culpa en nuestra evolución espiritual?
Somos aquellos del principio conocido por ustedes como Q’uo. Los saludamos con alegría en el amor y en la luz del Único Creador Infinito. Es una gran bendición para nosotros ser llamados a su grupo, y bendecimos y agradecemos a cada uno que forma parte del círculo de buscadores en este día.
Su pregunta se refiere a la culpa, y al hablar sobre este interesante tema compartimos opiniones más que hablar como autoridades sobre ustedes. Pedimos que cada uno que escuche use su propio discernimiento, pues lo que tenemos que decir es una opinión y puede o no ser de ayuda personal para ustedes. Si no constituye un recurso para ustedes, si no encaja con aquello que resuena en su interior, entonces les pedimos que simplemente lo dejen atrás y sigan adelante.
Mientras este instrumento afinaba y desafiaba nuestro contacto anteriormente, el instrumento, como es su costumbre, nos desafió tres veces. En los dos primeros desafíos nuestra impresión fue que este instrumento estaba ejerciendo su propio discernimiento al asegurarse de la vibración recibida. Sin embargo, en el tercer desafío el instrumento describió cuidadosamente aquel aspecto de Jesús el Cristo que identifica a esta entidad para ella: el clavar el cuerpo en el madero para tomar sobre sí los pecados de la humanidad, amar a otros hasta el punto de la muerte, es para este instrumento la gran característica de la condición crística que ha cautivado su mente durante muchos años. Y es esta característica la que nos da un punto desde el cual comenzar a hablar acerca de la culpa.
Cada uno entra en la encarnación con una personalidad ya preparada para ser creada. Hay cierto margen en la manera en que la personalidad se desarrolla, pero sus recursos conscientes están establecidos antes de la encarnación. En consecuencia, algunas entidades tienen un sentido mucho más agudo de justicia, equidad, compartir y dar que otras que llegan a la encarnación. Sea cual sea este sesgo básico de la personalidad dada, la norma cultural para los padres es intentar incrementar en el infante su provisión de amor por los demás y de servicio a los demás. A los niños pequeños se les enseña rutinariamente a compartir sus juguetes, sus dulces y sus buenos momentos. Existe un entrenamiento respecto a muchos comportamientos que comienza con la palabra “debería”. Uno debería mantener las manos sobre el regazo en la mesa. Uno debería ser respetuoso con la madre. Uno debería evitar asesinar a alguien. En cada nivel de la crianza de un niño, estos sesgos enculturados se repiten y se reiteran hasta que son inculcados en el vocabulario emocional básico de la lógica de la mente más profunda. No de aquella mente que se mueve más allá del yo, sino de esa porción del ser dentro de la encarnación que yace por debajo del umbral de la conciencia.
En consecuencia, cuando uno ha sido enculturado con el sesgo hacia el servicio a los demás que la sociedad ofrece, cuando uno ha digerido estos datos entrantes y ha respondido a ellos de acuerdo con sus propios sesgos, entonces cada individuo queda con un umbral, mayor o menor, de culpa. Para algunos, la voz de la autoridad permanece tenue durante toda la vida y la naturaleza básica de la estructura de la personalidad tiene una sordera frente al sufrimiento de los demás. Cuando no se muestra culpa por las acciones dañinas hacia otros, el profesional médico que intenta clasificar a esta entidad llamaría a tal entidad alguien que carece de conducta social o psicopática. Pues se asume entre las profesiones de sanación de sus pueblos que la culpa es una función natural de la psique. Este instrumento lo ha llamado “deberíearse” por todo su ser. Y, en verdad, cuando una entidad sensible toma el garrote de la culpa y se golpea a sí misma en la cabeza y los hombros, metafísicamente hablando, ese daño es muy real y el dolor muy grande.
Como pueden ver, dependiendo de la estructura básica de la personalidad de la entidad y de la cantidad de enculturación que haya quedado adherida a ella, existen diversos grados de culpa. No hace falta decir que quienes ya están orientados hacia el servicio a los demás y que trabajan conscientemente en su evolución espiritual tienden mucho más a una aceptación pronta de la culpa que aquellos cuyo punto de vista es menos amplio. Así, precisamente las entidades que son lo suficientemente sensibles como para sentir dolor a causa de la culpa reciben las cantidades más sustanciales de culpa a partir de su catalizador. Es como si el Creador estuviera añadiendo insulto a la herida al ofrecer más culpa a quienes ya son sensibles a ella, a quienes ya están respondiendo a ella con incrementos en su nivel de servicio a los demás.
La justicia de esto solo puede verse desde el punto de vista del aprendizaje. El sentimiento de culpa, como muchos de los sistemas emocionales negativos de sentir, está diseñado para colocar a uno en una posición en la que es posible polarizarse. Ahora bien, el servicio al yo, en sí mismo, no necesariamente trae una gran polaridad. Muchas entidades en su esfera viven de hecho toda su vida al servicio de quienes las rodean sin pensar demasiado en ello ni considerarlo algo que pueda trabajarse o maximizarse. Y para estas entidades las oportunidades que las almas despiertas ven simplemente pasan desapercibidas y no se utilizan. Sin embargo, podemos animar a cada uno de ustedes, como personas sensibles y conscientemente despiertas en el mundo del espíritu, a ver que los sentimientos del “debería” son un catalizador digno de ser valorado y utilizado.
Cuando uno experimenta este conjunto emocional llamado culpa, está experimentando un miedo a no haber hecho lo suficiente, y, una vez más, el término “suficiente” es relativo. Así, de algún modo, cuantas más veces uno siente culpa, cuantas más veces uno piensa “¿es eso suficiente?”, más está pidiéndose a sí mismo polarizarse hacia el servicio a los demás sin expectativa de retorno. No animaríamos necesariamente a cada uno a responder de manera automática a esos sentimientos de “no es suficiente”. Porque a veces ese sentimiento culpable de “no es suficiente” es simplemente una reacción instintiva, una que no puede atribuirse a carencias específicas dentro del ser o dentro del comportamiento del ser.
Animamos, más bien, a notar este sistema emocional, este clima interior, por así decirlo, que ha soplado dentro de los cuerpos mental y emocional, con la intención de evaluar, tan honesta y exactamente como sea posible, la oportunidad de aumentar el servicio. Cuando no hay oportunidad de aumentar el servicio, la culpa sentida es como ese dolor fantasma que proviene del miembro que ha sido amputado. No hay realmente un miembro físico allí, simplemente un cuerpo tan acostumbrado a experimentar esa pierna física que el cuerpo formador continúa manteniendo esa idea en su lugar, y el cuerpo siente entonces todo el dolor de la pierna amputada. En algunos casos, y a medida que las entidades se inclinan más hacia el trabajo espiritual, esto se vuelve más cierto. La culpa es vestigial e inútil, pues no puede hacerse nada para mejorar la situación por la cual se siente culpa.
Un buen ejemplo de esto son los sentimientos de la familia en el caso de una muerte por suicidio. Incluso quienes no están relacionados con el miembro de la familia, pero eran amigos, se ponen a pensar en todas las cosas que podrían haberse hecho si la persona hubiera comprendido en qué mal estado se encontraba la entidad. Aunque la entidad ya ha seguido adelante y nada puede hacerse, estos sentimientos fantasma son muy reales y deben ser tratados como si tuvieran algo que ver con la realidad consensuada.
Cuando surgen sentimientos de culpa y de miedo a los que la entidad no puede encontrar ninguna fuente, es entonces cuando a la entidad le conviene trabajar en la disciplina de la personalidad y en la disciplina de la voluntad. La disciplina de la personalidad está implicada en un caso así al permitir que la entidad se siente con ese sentimiento, lo acompañe, sea uno con él, le permita expresarse, le otorgue respeto y sea testigo de él. El uso de la voluntad, entonces, es aquello que pide a la personalidad que deje ir esos sentimientos, que los deje ser equilibrados por la conciencia de que todo lo que se ha hecho es todo lo que se puede hacer, y que es tiempo de seguir adelante.
Cuando una entidad experimenta culpa y descubre que es de este tipo, recomendaríamos esta forma general de trabajar con las dinámicas implicadas. Cuando una entidad se encuentra sintiendo el miedo de no haber hecho lo suficiente, y cuando un examen más detallado confirma que efectivamente hay más que puede hacerse, entonces es cuando animamos al buscador a ver tales sentimientos como un catalizador bueno y productivo. Pues no es solo la disposición a servir a los demás lo que crea polaridad, sino también la disposición a trabajar sobre uno mismo para encontrar maneras de volverse más capaz de dar.
Porque ese darse a uno mismo es una especie de músculo, y se atrofia en quienes no lo usan. Para aquellos que captan el proceso de la culpa y eligen una respuesta a ella, en lugar de simplemente ahogarse en ella, existe la posibilidad de profundizar las facultades de la voluntad y de la fe, y de utilizarlas para orar, para pedir, y para suplicar humildemente al Único Creador Infinito que conceda la gracia de volverse más capaz de dar sin pensar en el retorno.
No toda la culpa, entonces, es buena. Parte de la culpa es una reacción automática ante un catalizador que en realidad no está presente de un modo que pueda trabajarse. Pero cuando sí hay algo con lo cual trabajar, ese trabajo en la conciencia es extremadamente central para la evolución espiritual. Pues es a la entidad más polarizada a la que llegarán las oportunidades de dar de sí misma con gusto, de dar no por la expectativa cultural, ni por la naturaleza de la personalidad, sino porque la entidad ha llegado a ser conscientemente consciente de la manera en que funciona la polaridad, de la forma en que funciona el aula de la Tierra, y tal estudiante siempre sobresaldrá sobre la mayoría de los otros. Porque cuando hay motivación para trabajar, el trabajo avanza con mayor rapidez, con mayor facilidad y con un sentido de satisfacción cuando la prueba ha terminado.
La ilusión que este instrumento llama Tierra está diseñada como un mar de confusión. Está diseñada de tal manera que desalienta enormemente a las entidades para que no puedan afrontar la vida desde el punto de vista del intelecto. Está diseñada para sacar a las personas de su intelecto de manera abrupta, llevarlas a sus rodillas y colocarlas en el santuario del corazón, humildes, cansadas y listas para aprender. Sepan esto: así como el amor echa fuera el miedo, el amor echa fuera la culpa. Para quitar la culpa de uno mismo, no basta con hacer todo lo que se puede. Ayuda hacer todo lo que se puede, pues eso ciertamente es suficiente, pero emocionalmente hablando, lo suficiente nunca es suficiente.
Siempre hay más que uno podría hacer: una mejilla más que se puede poner; una milla más que se puede caminar en los zapatos de otro; una actividad más que podría ser útil; o la abstención de una actividad más que podría ser útil. No hay un final lógico para la culpa. No está sujeta a la lógica. Es, más bien, un tono en la música del cuerpo emocional. Sin embargo, ese tono puede trabajarse musicalmente, así como el instrumento se afinó para este contacto: mediante la oración, el silencio, el canto y la alabanza. Así, el buscador puede afinar la pureza de esa emoción llamada culpa, peinando de ella las cualidades menos bellas del miedo y la auto-condena, y llevando cada vez más al foco, usando una creciente serie de ajustes finos, hasta que ese sentimiento de culpa sea como un hermoso tono, una emoción bella y verdadera.
Pues, en verdad, ese sentimiento de que uno no puede hacer lo suficiente es permanente dentro de su ilusión. Volverá por la razón de que uno no puede alcanzar el comportamiento perfecto a sus propios ojos. Nunca se puede estar completamente satisfecho de que lo suficiente sea suficiente. Y así uno se queda con la conciencia de que tiene este tono o acorde de tonos dentro de sí, pero que también tiene su lugar en la personalidad universal que es el ser. Y entonces uno es capaz de consolarse a sí mismo, después de que todo lo que se ha hecho está hecho, con el dolor que permanece. Uno puede perdonarse por ser humano. Uno puede perdonarse por no poder sacrificarse a sí mismo hasta el punto de la muerte. Uno puede reconocer, al enfrentarse a este catalizador, que lo mejor que pudo hacer no es lo mejor absoluto, pero que está bien. Así debe ser. Eso es parte de la perfección que está oculta dentro de este mar de confusión.
Honramos al conocido como Jesús el Cristo y, en verdad, honramos esa vibración que es el Cristo como la vibración más alta de amor que es alcanzable hasta ahora dentro de la creación infinita. En verdad nos inclinamos ante ello, y venimos en su nombre, y esperamos poder servir hasta el punto de esa áspera cruz de madera: las manos clavadas, el costado herido. Sin embargo, nosotros, en nuestra situación presente, no tenemos ese sacrificio físico que hacer. No tenemos la capacidad para el tipo de culpa que ustedes sienten dentro de su ilusión. No tenemos la capacidad de estar confundidos y, en esa confusión, llamar a la fe. Tampoco tenemos la capacidad de estar enojados con nosotros mismos y luego perdonarnos. Pues, al poder ver dentro de las raíces de la mente, podemos ver que en cada sistema de ilusiones hay limitaciones establecidas por una razón, y esa razón es apropiada, útil y esclarecedora.
En el plano de la Tierra ustedes tienen la capacidad de ser completamente abatidos, totalmente confundidos, arrojados de rodillas por la vida, y tienen la capacidad de afinar sus respuestas a ese catalizador que los derriba, que los hace sentir en el lado oscuro de su personalidad. No se dejen golpear por sus propios sentimientos de culpa. Más bien, véanlos como oportunidades para hacer trabajo en la conciencia, para perdonarse por ser humanos, para analizar la situación y ver si la culpa es productiva o no, para trabajar en soltar esa culpa si no ha sido productiva, para trabajar en usar esa culpa de la manera más alta y mejor si todavía hay algo que uno puede ver que queda por hacer.
Por encima de todas estas consideraciones, por encima de toda manifestación e ilusión, la realidad, hasta donde sabemos, es el despliegue de la perfección: amor reflejado en amor, moviéndose a través de cada instrumento que es el alma de una persona, y luego hacia el mundo. Al recibir su catalizador, bendíganlo y ábranse para recibirlo con el mayor amor del que sean capaces de manera estable. No se lleven más allá de lo que pueden hacer sin dañarse a sí mismos. No se pidan aquello para lo que no están preparados, sino más bien sean sensibles a las oportunidades que estos sentimientos de culpa hacen surgir.
Y ustedes, como es correcto dentro de su aula, seguirán los pasos de la cruz. Tendrán la oportunidad de abrirse y derramar su energía, su tiempo y su atención. Cuando elijan hacer esto, sean conscientes de que es un sacramento, de que están en terreno sagrado, y de que necesitan ser cuidadosos en su orientación hacia la luz, sin condenarse a sí mismos de ninguna manera por aquello que no se ha hecho o por aquello que se ha hecho de manera equivocada. Sino, sin exaltación y en perfecta paz, vuelvan a la situación en su mente; encuentren la respuesta equilibrada y apropiada; luego elijan el nivel más generoso de servicio del que sean capaces.
Esto es parte integral de la enseñanza de la tercera densidad. Esta es una manera de mover a la entidad de la cabeza al corazón, y que ustedes lo experimenten es apropiado y deseable y ayuda a acelerar la evolución espiritual. En todas las cosas, encuentren el amor, y encuentren dentro de ustedes la respuesta a ese amor que exprese de la manera más verdadera quiénes son.
En muchos aspectos no es tanto lo que hacen en el mundo manifestado, sino cómo lo hacen: con qué amor lo hacen, con qué gentileza y compasión hacia ustedes mismos, hacia el otro ser, y hacia todo el plano terrestre que sufre. En la conciencia del sufrimiento del mundo, uno puede sentirse culpable por quienes no comen. Personas muy dedicadas pueden sentirse culpables porque no se exigen aún más. No pueden eliminar este tipo de lección de la experiencia de la vida, así que les pedimos que la vean como un curso de estudio y, como muchos de esos cursos, uno que es útil aunque las pruebas sean con frecuencia difíciles.
Por encima de todo, los animamos a reír, a tomar estas cosas, en cierta medida, con ligereza, para que puedan elevarse por encima de tales consideraciones y moverse hacia la conciencia de la belleza del momento presente. Pues este es el centro de las cosas. Este es el lugar menos confuso desde el cual lanzar la mirada sobre la situación actual. La risa y la alegría son disciplinas espirituales de gran ayuda y alentamos su uso, especialmente para quienes son estudiantes serios y pueden volverse pesados con sus preocupaciones por hacer las cosas bien.
Somos aquellos de Q’uo y en este momento deseamos expresar nuestro agradecimiento a cada uno aquí por invitar nuestra presencia en su círculo de búsqueda en este día. Es un gran honor poder hacerlo. En este momento tomaremos nuestra despedida de este instrumento y de este grupo, dejando a cada uno en el amor y en la luz del Único Creador Infinito. Somos conocidos por ustedes como aquellos de Q’uo.
Adonai, amigos míos. Adonai.