Orgullo espiritual
Q’uo, 1 de marzo de 1998, Meditación dominical
Pregunta del grupo: Nos gustaría que Q’uo nos diera una idea de qué es el orgullo espiritual y cómo podemos trabajar con él.
Somos aquellos del principio conocido por ustedes como la vibración, Q’uo, y los saludamos en el amor y en la luz del Único Creador Infinito, en cuyo servicio estamos. Nos sentimos muy privilegiados de ser llamados a su círculo en esta sesión de trabajo, y bendecimos y agradecemos a cada uno dentro del círculo que ha venido a buscar la verdad. Compartimos esa búsqueda y nos alegra compartir nuestros humildes pensamientos, siempre que cada uno de ustedes se sienta completamente cómodo escuchando sin necesidad de estar de acuerdo o en desacuerdo, pues si no están de acuerdo les pediríamos que dejen esos pensamientos a un lado. Y si están de acuerdo, entonces les pediríamos que simplemente hagan de esos pensamientos parte de sus propios recursos y herramientas, siempre sujetos a los ritmos cambiantes del aprendizaje y la experiencia. Porque la verdad personal es a la vez clara y móvil. Hay viajes que realizar en esta búsqueda de la verdad, maneras de avanzar que se desarrollan y conducen a otros niveles, a otras facetas de ese misterio infinito que es el Amor.
Somos conscientes de que desean hablar acerca del orgullo espiritual, y encontramos que, como ocurre a menudo, cuando se nos pregunta sobre un tema específico, necesitamos retroceder a las generalidades sobre las cuales podemos basar aquellas opiniones que deseamos compartir con ustedes. Miremos esta cuestión del orgullo. ¿Cuál es el concepto general del orgullo? Cuando alguien se siente orgulloso, generalmente lo está de algo. Una persona puede sentir orgullo por muchas cosas: su fuerza física, su delicadeza física, la abundancia de provisión o la falta de dependencia de la provisión, el trabajo que realiza o el trabajo que no hará, las relaciones que tiene o la barrera frente a las relaciones. En todas estas cosas uno puede sentir cierto orgullo. Uno puede decir: “Siento que este es un punto fuerte de mi ser. Siento que puedo estar orgulloso de este logro, de esta relación, de esta situación”. Y no hay nada más distorsionado en el orgullo de lo que hay en la ilusión en general. Sin embargo, en general la ilusión es muy densa, y esta ilusión crea la distorsión de que es lo que uno hace lo que constituye la vía para el orgullo, para sentirse valioso.
La conversación entre extraños tiende a comenzar en su cultura con un examen del trabajo que cada uno realiza, ya sea para ganar dinero o para expresarse a sí mismo. Ya sea que el trabajo sea rutinario o creativo, es un punto de partida que las personas reconocen en los demás, el lugar de comodidad donde uno puede revelar algo sobre sí mismo y estar receptivo a escuchar algo comprensiblemente confiable de otros. Es muy incómodo acercarse a un extraño y decir: “¿Qué tipo de vibración tienes? ¿Qué clase de ser eres?”. Las entidades tienden a no sentirse orgullosas de quienes son, del ser que expresan momento a momento. Así que pueden ver todo el orgullo espiritual como algo básicamente uno con el orgullo mental y emocional y el orgullo físico.
El estado humano mismo es la base del orgullo, pues le parece a cada ser humano, sin recurrir a ninguna evidencia física, que está solo, que los muros de la piel rodean al yo y lo separan de la unidad con todo lo demás que existe. Para aquellos que no buscan espiritualmente, esto puede parecer bastante obvio y no digno de mención. Por supuesto, cada entidad es separada. Por supuesto, cada entidad está sola. Cada una tiene preocupaciones comunes con otros de mentalidad similar, pero con los ojos físicos y los sentidos físicos no hay duda de que cada entidad está sola, apartada y frente a otros yoes, a las situaciones externas en general y a todo el entorno en el que la entidad habita.
Es el instinto, el instinto del cuerpo físico, el que los mueve, el que inicia este proceso discriminatorio. El infante se da cuenta poco a poco de que algunas de sus necesidades no serán satisfechas. Empieza a darse cuenta de que algunas cosas pueden ser dolorosas y no quiere repetir experiencias de dolor. Y así comienzan a levantarse los muros alrededor del joven corazón. “No toques la estufa. No acaricies al gato demasiado fuerte. No levantes al perro. No. No. No”. A medida que el niño crece aprende a defenderse. Experimenta con maneras de relacionarse con otros yoes. Y salvo en situaciones muy inusuales, para el momento en que esta entidad es considerada un adulto maduro por la sociedad que la rodea, esta entidad se ha convertido en alguien controlado, en cierta medida, por el miedo.
Cambiamos de orgullo a miedo porque la persona conocida como Janelle estaba preguntando cuál era el catalizador último que debía ser trabajado dentro de la tercera densidad. Y responderíamos en general que los únicos catalizadores tratados en la tercera densidad son el miedo y el amor. La entidad comienza su infancia envuelta en amor, amor conocido en todo su sistema, y aprende a cerrarse, a volverse separada y a defenderse porque parece bastante obvio que hay cosas que temer. Hay entidades y objetos ahí afuera que pueden dañar y herir. Así, la vida espiritual dentro de la tercera densidad puede describirse como un aprender a amar o un aprender a soltar el miedo, pues el miedo es esa distorsión del amor que postula una separación entre seres y cosas, ocasionando así la necesidad de tener algún tipo de respuesta hacia estas personas o cosas que tienda a aumentar la seguridad y el confort.
No estamos diciendo que estos contenidos del miedo sean incorrectos. Pues los miedos de la entidad son reales. Hay aquello que se teme. Es una ilusión. Sin embargo, la ilusión no puede ser penetrada brutalmente y arrancada de golpe, porque eso también dañaría al yo en desarrollo. De hecho, cuando uno está trabajando con sus miedos, intentando ver el amor detrás de la aparente separación, la actitud más cercana a lo correcto es simplemente desacelerarse, aquietar la mente, calmar la emoción hasta que uno pueda sentarse con ese miedo que está allí, no quitándolo de manera áspera, sino quizá apartando poco a poco hilos de ese tapiz que está frente a uno, abriendo gradualmente un espacio a través del cual se pueda ver la luz más allá.
Podríamos imaginar el miedo en uno como si estuviera dentro de una cueva de seguridad, con una buena y resistente manta cubriendo toda la cueva para mantener fuera aquellas cosas que se temen. Si uno arranca la manta de golpe, entonces debe enfrentar toda la distorsión de una sola vez. Sin embargo, si uno se conforma con sentarse con ese miedo, aceptarlo y ser consciente de ese miedo particular que está experimentando, entonces uno puede suave y gradualmente, con esfuerzo persistente, ver un alivio de la carga, ver una distancia cada vez menor hacia el lugar donde esa manta tiene una abertura por la cual uno puede entrar y salir y aventurarse uno o dos pasos en ese mundo más allá de la cueva.
Cada uno de ustedes ha llegado a sentirse cómodo imaginando y concibiéndose como un ser espiritual. Cada uno de ustedes está despierto en una tierra donde muchos duermen. Y así, para cada uno de ustedes hay oportunidades especiales tanto para el servicio como para el dolor, y el orgullo espiritual es una distorsión de la cual cada buscador se vuelve consciente de una manera sutil, con el tiempo. Es aquello que permanece cuando los miedos han sido sacudidos y la cueva ha sido abandonada. Es la distorsión o falla peculiar de aquellos que han trabajado más arduamente para darse cuenta de quiénes son, a dónde van y de quiénes son. Así que miremos una posible manera de trabajar con esta dinámica del orgullo espiritual.
Dentro del sistema espiritual de este instrumento, el orgullo, como la envidia, la codicia, la lujuria y la pereza, es considerado más como un vicio que como un pecado real, una especie de exceso de algo bueno. Es bueno ser humilde, y sin embargo uno puede sentirse justamente orgulloso de sus buenas obras, de sus buenos hábitos, de su ética, de su conducta. Cuando uno intenta hacer todo lo que puede para vivir una vida buena y santa, es particularmente propenso a sentir algo de orgullo por sí mismo. Ahora, ¿pueden ver cómo ese sentimiento es un separador entre el yo y el mundo que lo rodea? Se basa en la suposición, que es una ilusión, de que uno es responsable de sí mismo y que, en la base del ser, uno es uno mismo. Este es un punto muy, muy pegajoso, y les pediríamos que miren de cerca este asunto de la identidad, pues mientras haya un yo habrá orgullo en el yo o un sentimiento acerca del yo que separa a uno de otro.
Si uno sigue pensando que aún está viviendo su propia vida, todavía no ha ido más allá del orgullo espiritual. Este instrumento es consciente de que no está más allá del orgullo espiritual y ha dicho a menudo que este es el único vicio que no puede encontrar la manera de quitar de su personalidad, pues aun cuando intenta trabajar en su humildad tiene un orgullo de sí misma que piensa que el yo tiene razón. Hay una rectitud allí. Hay una falta inherente de deseo de saborear los sabores de otras almas. Hay un deseo de conservar algunos límites, alguna unicidad del yo que es completamente comprensible en una ilusión donde no hay manera de descubrir, de un modo que pueda ser probado, que uno no es separado, que uno no es, en el fondo, uno mismo.
Y sin embargo les decimos que, hasta donde sabemos, en el fondo solo hay el Único Gran Ser, ese Amor que se refleja en cada uno de los hijos del Creador que cada uno de ustedes es.
Mientras pienses que tienes un yo que necesitas defender, estarás trabajando con el orgullo espiritual, y así las entidades, en su mayoría, están trabajando con esto sin importar cuán persistente, pura y devotamente hayan buscado la verdad año tras año. Aun así permanece la sensación de “yo” estoy buscando. “Yo” estoy mirando. “Yo” estoy tratando de llegar a ser lo mejor que “yo” puedo. Por el contrario, hemos descubierto que llegar a una conciencia más plena del yo es en realidad un proceso de sustracción, simplificación y eliminación de cosas del yo defendido, hasta que finalmente el yo queda vacío y las barreras caen. ¿Es seguro hacer esto dentro de su densidad? No. En absoluto, no en el sentido de la preservación del cuerpo físico ni del cuerpo espiritual dentro de la encarnación.
Lo que estamos tratando de decir es que no es algo terrible estar trabajando con el orgullo o, en general, estar trabajando con el propio miedo. Esto es parte de lo que uno está haciendo en esta ilusión. Esto es lo que se supone que ustedes están haciendo. Este es su tema de estudio: miedo y amor. Límites y unidad. Cada vez que este instrumento se afina repite una oración que nos gustaría repetir en este momento: “Señor, hazme un instrumento de tu paz. Donde haya odio, que yo siembre amor. Donde haya injuria, perdón. Donde haya discordia, unión. Donde haya duda, fe. Donde haya desesperación, esperanza. Donde haya tinieblas, luz. Donde haya tristeza, gozo. Oh divino Maestro, enséñanos a no buscar tanto ser amados, como amar. No tanto ser consolados, como consolar”. Y este instrumento a menudo dice: “No tanto controlar, sino permitir el control”. “Porque es dando como recibimos. Es perdonando como somos perdonados. Es muriendo como resucitamos a la vida eterna”. ¿Ven la imaginería de esta oración? La oscuridad que separa. La luz que une. El odio que separa. El amor que une. Esta Oración de San Francisco es el clamor del alma que desea ser libre del yo y ser subsumida en el servicio del misterio infinito que adora y venera. Y esta es la puerta que se abre hacia una visión más amplia y menos llena de miedo de vivir dentro de la ilusión.
Esta es la realización: que hay diferentes maneras de mirar cada situación, que no es terrible tener defectos, o tener pecados, o tener orgullo por las cosas buenas y miedo por las cosas malas, que uno está destinado a estar muy confundido por esta ilusión, que hay un valor positivo en esta confusión en tanto que ella, y solo ella, arranca a la mayoría de las personas de aquellas cosas a las que se aferran por miedo.
Ustedes están intentando liberarse de una ilusión, y sin embargo dentro de ustedes yace el yo que está completamente libre, y a menudo este instrumento recomienda a las personas que, en lugar de trabajar intelectualmente sobre algún problema percibido, simplemente visualicen un estado perfecto que es la verdad real de la situación. En verdad, todo es amor. En verdad, todo es perfecto ahora, en este instante, tal como es. Pues no hay tiempo ni espacio. Esto es una ilusión. Esto es la materia de la ilusión. Y cada uno de nosotros en nuestro viaje es también una ilusión. Y sin embargo todos son seres únicos y maravillosos, amados por el Creador y, persistiendo a través de octavas y octavas de creación hasta el infinito, como esas mismas chispas que aprenden, una y otra vez, cada vez más, mientras el latido de la creación pulsa y los universos viven y mueren y otros universos nacen.
Es fácil pensar en la vida espiritual como una especie de escuela de la cual algún día uno se graduará, y ciertamente dentro de la ilusión del tiempo la vida es graduada por una vida mayor. Hay una periodicidad en las cosas. Entonces, para ese universo, en la plenitud de ese sistema de ilusiones, todas las chispas del Creador habrán completado su viaje y se habrán perdido dentro del Creador nuevamente. Y todo se reúne en ese universo en ese momento en un final inimaginable de la ilusión hacia la nada. Pues cuando no hay nadie que perciba, ¿qué hay sino el Creador? Y entonces el Creador sueña de nuevo, y un universo nace, y las chispas son enviadas otra vez para aprender más. Así que todos ustedes están en un viaje con el que el Creador está fascinado. No pueden hacer nada que haga que el Creador se vuelva contra ustedes, pues el Creador ama todo lo que ha hecho con un fervor inimaginable y una tenacidad absoluta, y abraza a cada chispa con un amor tan profundo y tan grande que no puede ser expresado.
La próxima vez que experimenten el catalizador de sentir que aún son un ser espiritual incompleto, recuerden la verdad de la sustracción, de dejar caer aquello que no es. Y a medida que experimenten esas realizaciones que les permiten soltar una parte del ego, regocíjense. No pueden hacer que suceda. No pueden apresurarlo. Pero llegan momentos en los que perciben que ya no tienen ese orgullo o ese miedo particular. Y de eso pueden estar orgullosos y felices, y si eso también es una distorsión, entonces que así sea. Pues no están aquí para ir más allá de la distorsión, sino para vivir dentro de la distorsión por la fe, para expresar dentro de esta confusión una confianza en el plan que los colocó aquí, una confianza en el destino que es absolutamente de ustedes. Un sentimiento que no puede venir de pruebas o palabras, de que todo lo que es de ustedes vendrá a ustedes y que no necesitan alcanzar, sino solo preguntar: “Hágase tu voluntad para mí hoy. ¿Cuál es? Y haré lo mejor que pueda”. Eso es todo lo que deben hacer. Así que no se rindan con el yo porque continúe teniendo distorsiones y confusiones. Está bien. No se supone que estén sin ilusión.
Ah, preciosa encarnación. Si tan solo pudiéramos compartir con ustedes la realización de la oportunidad que ahora es suya. Si pudiéramos compartir plenamente esa percepción con ustedes, saltarían de alegría. Se regocijarían de la manera más plena y cordial, pues aquí está el lugar donde eligen su camino solo por la fe, y esta elección, esta expresión de fe, por imperfecta que sea, crea dentro de ese Yo permanente, que está más allá del espacio y el tiempo, cambios tremendos en la conciencia que no pueden lograrse fuera de esta tercera densidad suya. Pues en otras densidades el velo del olvido se levanta, y ¿qué virtud hay entonces en darse cuenta de que uno es su hermano y de que todas las cosas que su hermano tiene son suyas? No hay virtud en percibir el color rojo si los ojos están abiertos. Pero, ah, con los ojos cerrados. Aquí están ustedes en un mundo de color con los ojos cerrados. Pues están en el equivalente de una película en blanco y negro. Ustedes están allá arriba en la pantalla, observándose a sí mismos. El grano de la película es áspero, y algunas de las voces están distorsionadas. Es una historia algo cursi, y termina demasiado pronto. Pero, ah, cuando salen del teatro a la luz y miran hacia atrás a esa película en blanco y negro, ven la esperanza y la fe y el cuidado y el amor y la compasión que verdaderamente han tenido, sin razón alguna para ello más que ese constante deseo de amor, de conocer el amor, de conocer la verdad, de expresar ese amor. Cada uno de ustedes es un alma gallarda, muy gallarda, y nosotros tanto los envidiamos como los honramos, pues hacen mucho de lo que no saben. Incluso mientras sufren, sanan mundos.
Así que estén contentos. Eso es lo que les diríamos. Estén contentos, y simplemente miren con cuidado, y con más cuidado, y con ojos cada vez más abiertos todo lo que hay a su alrededor. Y vean dentro de las cosas como puedan, como sean capaces, como les sea dada la gracia, recordando quiénes son, recordando en qué servicio están y permitiéndose ser ustedes mismos, pues eso es algo maravilloso y especial. Cada uno de ustedes es muy bello. En este momento quisiéramos nuevamente agradecer a cada uno de este grupo por invitar nuestra presencia hoy en su círculo de búsqueda. Es nuestro honor unirnos a ustedes aquí. Ahora nos retiraremos de este instrumento y de este grupo, dejando a cada uno en el amor y en la luz del Único Creador Infinito. Somos conocidos por ustedes como aquellos de Q’uo. Adonai, amigos míos. Adonai.